Era un domingo de julio del 2024, en un lugar misterioso y a la vez fantástico, donde los sueños parecen tener vida propia: Villa de las Bendiciones.
Rodeada de una naturaleza frondosa y casi sagrada, aquella tierra guardaba secretos de los ancestros indígenas que aún parecían susurrar entre los árboles.
El reloj marcaba las 4:05 a.m. cuando Kike despertó sobresaltado de un sueño tan vívido que su corazón latía con fuerza.
Había soñado con un recuerdo de su infancia, cuando cursaba segundo de primaria. En el recreo, sentado solo en una esquina del patio, observaba cómo los demás niños reían y jugaban. No se sentía parte de aquel mundo.
De repente, un compañero de quinto grado se le acercó, lo animó con una sonrisa y lo invitó a integrarse al grupo. Kike aceptó. Corrió con ellos, sintió la alegría del momento… pero al voltear a mirar, el niño había desaparecido.
Lo buscó por todo el patio, entre risas y sombras, sin encontrar rastro alguno. Regresó al lugar donde lo había visto por primera vez, y allí sintió una vibración profunda, como si el aire temblara. Alzó la mirada al cielo y… despertó.
Aún intrigado por el mensaje de aquel sueño, Kike inició su rutina sagrada:
oró escribiendo con la mano izquierda, realizó sus ejercicios de respiración, yoga y fortalecimiento, bebió agua de la montaña y comió un banano. Luego, con un vaso de Biocros en el cuerpo y el espíritu encendido, salió a entrenar.
Tenía planeado correr 21 kilómetros hasta Fusagasugá y regresar.
La mañana era fresca, y la neblina cubría los cerros como un manto de misterio. En la carretera, mientras sorteaba los obstáculos de la obra de ampliación, recordó al niño del sueño. Sintió que aquel compañero perdido no era un simple recuerdo, sino un mensajero, quizá un espíritu que le recordaba su propósito en la vida.
“Algo grande está por ocurrir”, pensó.
Sabía que Silvania lo había acogido como un hijo del alma, y que ese lugar sería el escenario de su transformación.
Regresó del entrenamiento hacia las 8:00 a.m.. Se hidrató con agua de la montaña, se duchó mientras Linda le preparaba un desayuno de domingo: caldo de costilla, chocolate con queso y pan integral.
A las 9:30 a.m., ya estaban listos para asistir a la feria de emprendimiento de Silvania.
Sus amigos Wilmer y Jheraldine le habían reservado una caseta para exhibir su nuevo emprendimiento: collares para gafas, artesanías en bisutería, una pesa para controlar peso y una rana para jugar. Era el primer paso para darse a conocer entre los emprendedores del pueblo.
El ambiente era festivo. Una tarima esperaba el desfile de danzas regionales del Sumapaz, los buses llegaban con estudiantes de distintas veredas, y el aire olía a obleas, mazorca asada y sueños compartidos.
Kike había terminado de armar su puesto cuando, entre la multitud, apareció un hombre de barba. Iba de caseta en caseta, comprando algo en cada una, con una sonrisa amable y mirada serena.
Cuando llegó al puesto de Kike, observó una pequeña pesa y una rana tallada en piedra. Sonrió, se pesó, jugó en la rana y le compró varios collares.
—¿Cuál es su nombre, don? —preguntó Kike con curiosidad.
—Wilson García —respondió el hombre con voz pausada.
—¿Y por qué hace esto? —insistió Kike.
—¿Qué me quiere decir, joven?
—Que me asombra su generosidad —dijo Kike—. Va por todos los puestos comprando sin esperar nada a cambio. Personas como usted son difíciles de encontrar.
Wilson solo sonrió, como si supiera algo que Kike aún no comprendía.
Una hora más tarde, el hombre de barba regresó con un plato de lechona y lo dejó frente a Kike y Linda.
—Para que no pasen el día sin comer —dijo antes de desaparecer entre la multitud.
Kike se quedó mirando el plato, sorprendido. “¿Quién era realmente ese hombre?”, se preguntó.
Al caer la tarde, las ventas fueron exitosas. Cerraron la jornada a las 6:00 p.m. y regresaron a Villa de las Bendiciones, donde Linda ya tenía preparado un festín de fríjoles, plátano verde, chorizo y sobrebarriga.
Cenaron en familia, agradeciendo por las bendiciones del día.
Esa noche, antes de dormir, Kike volvió a pensar en el sueño del niño y en el misterioso Wilson. Algo en su corazón le decía que ambos estaban conectados, que aquel niño invisible y el hombre de barba compartían la misma esencia.
Eran señales del destino.
Eran mensajes del universo.
No lo sabía aún, pero esa amistad recién nacida se convertiría en una hermandad.
Y meses después, cuando Kike se descubriera escribiendo su primer libro, comprendería el verdadero significado de aquel encuentro.
La historia apenas comenzaba.
Continuará...
🌟 Reflexión final:
A veces la vida nos envía señales envueltas en sueños o en rostros que parecen casuales. Kike comprendió que aquel niño del recreo y el hombre de barba no eran coincidencias, sino recordatorios del universo: mensajes para despertar su propósito y sanar viejas soledades. Cada encuentro, cada palabra amable y cada acto de generosidad, son hilos invisibles que tejen el destino.
Porque cuando el corazón se abre, la vida misma se encarga de unir las almas que vibran en la misma frecuencia.
Kike aprendió que las verdaderas amistades no se buscan, se reconocen, y que a veces un gesto de bondad puede cambiar el rumbo de una historia…
Así como aquella mañana de domingo, en Villa de las Bendiciones, donde comenzó la magia que transformaría su camino para siempre.

















