viernes, 20 de septiembre de 2024

Rodolfo, el Incansable Soñador

Érase una vez un chico llamado Rodolfo, nacido en una humilde familia de campesinos en una vereda lejana, lejos del bullicio de la ciudad. Sus padres eran autosuficientes, cultivaban la tierra con esmero, obteniendo su sustento de lo que la finca les ofrecía: cebolla, cilantro, papa, mora, maracuyá y yuca. También criaban gallinas que les proporcionaban huevos frescos cada día, de los cuales vendían algunos en el pueblo durante los fines de semana. El agua, pura y cristalina, fluía desde una fuente natural bajo una roca gigante en la montaña, alimentando a todas las fincas de la región.

Desde pequeño, Rodolfo disfrutaba de las maravillas que la naturaleza le regalaba. A menudo subía hasta lo más alto de las montañas, donde podía contemplar vastas planicies y bosques infinitos. Admiraba el vuelo majestuoso de las aves, que surcaban el cielo en grupos perfectamente organizados, y pasaba horas observando los amaneceres dorados y los atardeceres ardientes. Por las noches, el cielo estrellado le hablaba de los misterios del universo, y Rodolfo soñaba con poder capturar esa magia en palabras.

Un día, en la vereda, fundaron una pequeña escuela rural, y fue allí donde Rodolfo comenzó a descubrir el poder de la escritura. Al trazar las primeras letras, sentía una energía inexplicable, como si cada trazo lo conectara con algo más grande. Al aprender a leer y escribir, llevó siempre consigo un cuaderno y un lápiz a la montaña, donde escribía sobre lo que su corazón le dictaba al contemplar la naturaleza. Sus escritos, llenos de emoción, eran como pequeños poemas en los que narraba la belleza de lo que veía y sentía, como si una luz interior lo iluminara.

A medida que crecía, su talento se hacía notar entre sus compañeros y profesores. Rodolfo entró al bachillerato, y sus poemas sobre la naturaleza se volvieron tan conocidos que, al llegar a la adolescencia, sus compañeros y hasta los profesores comenzaron a pedirle que les escribiera versos para sus novias, pagándole por su creatividad. Rodolfo guardaba con cuidado el dinero que ganaba en un gran tarro de galletas.

Al terminar el bachillerato, Rodolfo tenía claro su sueño: quería estudiar una carrera que le permitiera seguir desarrollando su don. Con sus buenos puntajes y los ahorros de sus padres, logró inscribirse en la Universidad Central para estudiar Creación Literaria. Sin embargo, cuando ya solo le faltaban dos semestres para graduarse, los ahorros de su familia no alcanzaban para cubrir los gastos. Desesperado, recordó su tarro de galletas. Al destaparlo y contar el dinero que había ahorrado con tanto esfuerzo, se dio cuenta de que tenía justo lo necesario para pagar el penúltimo semestre. Pero aún faltaba el último.

En familia, decidieron buscar una solución. Rodolfo, ingenioso como siempre, tomó una tabla del gallinero y un trozo de carbón, con los cuales improvisó una pizarra. Allí, trazó un plan: escribiría poemas por encargo para sus compañeros de clase. Los fines de semana, recibía pedidos de 20 o 30 poemas, que luego redactaba en su hogar. En cinco meses, había ganado más que suficiente para pagar el último semestre.

No obstante, su ambición no se detenía allí. Rodolfo soñaba con realizar una especialización en España. Para financiarla, decidió escribir un libro de poemas inspirado en la naturaleza que tanto lo había marcado. Se acercó a la rectoría de la universidad, donde el rector, admirando su perseverancia, le prometió revisar el manuscrito junto con el cuerpo académico. Tras unos días de espera, le dieron una maravillosa noticia: su libro sería publicado sin necesidad de correcciones.

Coincidentemente, se acercaba la feria más importante del libro en la región, y con la ayuda del rector y del alcalde, el Dr. Pulido, se imprimieron más de 300 copias del libro, que fueron distribuidas en las principales librerías. El éxito fue rotundo. Rodolfo no solo cumplió su sueño de estudiar en el extranjero, sino que también se convirtió en un reconocido poeta, ganando premios nacionales e internacionales con su obra.

La historia de Rodolfo nos enseña que no importa dónde nacemos, sino la actitud con la que enfrentamos la vida. Los genios no nacen, se hacen. Por eso es fundamental soñar más allá de nuestra imaginación, porque los sueños, cuando se persiguen con pasión, tienen el poder de transformarse en realidad.

1 comentario:

Manuel Céspedes P dijo...

Fenomenal historia y fotografía. "Quen sueña, visualiza y persevera alcanza" Lo que se realiza con pasión, con gusto suele quedar muy bien, así se comerán algunos errores al inicio estos se irán corrigiendo, y se aplicará un adagio muy conocido " La práctica hace al maestro".Gracias por compartir este blog, agradable de leer y siempre dejándonos creación de hábitos, valores humanos y enseñanzas.

"Seguidores"

#“El hombre de barba y el sueño del niño invisible”

  Era un domingo de julio del 2024, en un lugar misterioso y a la vez fantástico, donde los sueños parecen tener vida propia: Villa de las B...