El Aroma de la Nostalgia
Las mañanas de Manuel comienzan con la frescura del aire montañoso, donde el olor del pan recién horneado en un horno de adobe o el suave perfume de la masa fermentada de los amasijos locales marcan el inicio de la jornada. Mientras camina por los senderos entre colinas, puede distinguir en la distancia ese inconfundible aroma que le recuerda su niñez: el olor a guarapo y a molienda. El viento le trae recuerdos de las madrugadas trabajando en los trapiches, esas fábricas de vida donde la caña de azúcar se transformaba en el dulce néctar que nutría cuerpos y almas.
La Jornada en el Trapiche
Recuerda cómo, en aquellos días, la molienda empezaba antes del amanecer. Sobre las 1:30 o 2:00 am, el frío mordía los huesos y el primer tinto del día calentaba no solo el cuerpo, sino también el espíritu. Mientras la enramada se iluminaba con las lámparas Coleman, que con sus caperuzas frágiles y el zumbido de insectos, creaban una atmósfera de simplicidad y vulnerabilidad, Manuel preparaba a los bueyes, esos nobles animales que conocían su tarea al pie de la letra. Aunque algunos eran más dóciles que otros, todos eran parte fundamental de la maquinaria del trapiche.
El Arte de la Colaboración
En ese trapiche rudimentario, el trabajo se dividía entre varias manos: el trapichero, el arriero, el ornillero y los ayudantes. Cada quien tenía su rol, pero la esencia era la misma: el esfuerzo conjunto para producir la panela y la miel, productos que unían al pueblo en más que una simple transacción económica. Los vecinos llegaban al caer la tarde, no solo para degustar los dulces recién elaborados, sino para colaborar con la faena y compartir historias alrededor de la enramada. Estos momentos eran la esencia de una vida sencilla, pero rica en humanidad y camaradería.
La Evolución de los Tiempos
Con el avance de la modernidad, muchas de estas prácticas fueron reemplazadas por máquinas más eficientes, y las largas jornadas de molienda dieron paso a procesos industriales. Sin embargo, con esa modernización también se perdió algo valioso. Antes, las visitas al trapiche eran una excusa para convivir, para intercambiar palabras y abrazos. Hoy, el celular ha acercado las distancias, pero ha distanciado a las personas. Manuel reflexiona con cierta nostalgia sobre cómo, aunque la vida es más fácil, ha perdido algo del sabor y la magia de aquellos días de trabajo compartido y de las tertulias en la enramada.
Conclusión
La historia de Manuel nos recuerda que, aunque el progreso nos brinda comodidad, es importante preservar las tradiciones y el sentido de comunidad. Las costumbres de antaño requerían más esfuerzo físico, pero proporcionaban una cercanía emocional que, en la era de la tecnología, muchas veces se nos escapa. Manuel sigue encontrando en el aroma del guarapo y el sabor de la panela una conexión con el pasado, una brújula hacia la esencia de lo que significa vivir y trabajar en comunidad.

1 comentario:
Linda historia. A veces o casi siempre recordar alguna situación de antaño del diario vivir, hace que suspiremos por los tiempos pasados. Las vivencias, los aromas, los sabores que no se olvidan, Efectivamente, la tecnología nos acerca y aleja al mismo tiempo, En antaño, cuando la mamita preparaba la cena , nosotros estábamos con ella en la cocina, contemplando la preparación y dialogando. Ahora, la modernidad por momentos nos deja a solas, cada quien puede tener una distracción tecnológica diferente, que nos aleja en el mismo lugar de convivencia.
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